Sebastián

Aquella tarde papá regresó entristecido, no dejaba de sentir la muerte de Sebastián, su adorado perro.

Le esperé, como cuando Sebas no existía y yo era todo lo que él quería.

Corrí al escuchar el ruido del motor de su camioneta aproximándose a la casa y pegué la cara al vidrio de la ventana para verlo llegar.

Paró en frente y noté que tomó algo más de tiempo en bajar sus herramientas.  Las cuidaba mucho, tanto que nunca me permitió tocarlas; decía que los constructores podían fabricar escalones al cielo y contó que hasta hubo algunos que hicieron una torre para llegar a Dios y que por eso eran tan sagradas.

Esta vez se olvidó de sus enseñanzas, lo vi estrellar su escalera contra el buzón de correo, cuando resbaló de su hombro al desembarcarla. También pateó la pistola de clavos, cuando aterrizó en el suelo.

Frustrado se apoyó en el carro y lloró, colocó los puños en su frente y dejó fluir su dolor, sin siquiera importarle la muchacha que pasó trotando, la del cocker marrón que todas las tardes paseaba por la acera y que normalmente le alegraba la mirada.  Esta vez no la notó, sin embargo, ella desaceleró para observarlo y luego, con algo de pena, continuó su marcha.

Lo vi dar vueltas en el jardín, completamente perdido. Me sentía esperanzado de que mirara a la ventana, pero cuando lo hizo sentí su decepción. No era a mí a quien esperaba encontrar sino a su perro, al bóxer blanco, que día a día celebraba su llegada desde ese lugar.

Me sentí un usurpador.

Se negó a entrar a casa, cruzó la calle y se alejó hasta el lago, se sentó junto al árbol, donde solía jugar con el animal.

Rodrigo y Rei, sus amigos, llegaron a la puerta, venían con la intención de tomar cervezas y ver el juego en la TV, como acostumbraban cada semana.  Esperé que huyeran como el jueves pasado, cuando no supieron como consolarlo.  Esta vez se miraron desconcertados al verlo en el lago, otra vez perdían su viaje por el tonto animal. Rei señaló a papá con un movimiento de su quijada y Rodrigo se negó a ir, no le quedó más que obligarlo a sostener las cervezas para acercarse él mismo.

Papá apenas respondió a su saludo cuando lo vio, se levantó de la tierra después de escucharlo un par de minutos, poco habló y eso desesperó a su amigo.  Rei lo tomó por la camisa y lo acercó bruscamente a su cara, su indiferencia le irritaba, lo sacudió varias veces y parecía gritarle; a papá no le importó hasta que pateó la tierra, debajo de la cual estaba sepultado Sebastián.

Papá salió de su letargo para darle un golpe directo en la nariz, luego arremetió con tres trompadas, antes de que Rodrigo interviniera y lo alejara de sus puños.

Sus amigos terminaron por huir nuevamente, esta vez con una buena razón.

Él quedó desequilibrado, caminó de un lado a otro y se estrujó la cara, trataba de borrarse la rabia, recogió las cervezas regadas y se quedó largo rato más.

Me cansé de esperarlo y me retiré de la ventana, agradecí que mamá estuviera sepultada a miles de millas, en Venezuela, porque de estar junto al lago, el dolor jamás le hubiese permitido a papá volver a casa.

Era de noche cuando se decidió a venir. Azotó la puerta al entrar.

Estaba irreconocible, un completo extraño para mí.

Se sentó en el sofá y observó la cobija del animal, hecha con el que había sido mi abrigo preferido.  Nuevamente sus lágrimas por el perro me hicieron sentir desdichado.  Había pasado tres semanas desde su muerte y cada día parecía estar peor.  Me llené de valor y me senté a su lado, sería inútil hablarle, pero la compañía le haría bien.

Me equivoqué, se levantó y caminó hasta la cobija, cayó de rodillas frente a ella, la tomó con sutileza y la apretó contra su pecho; escuché como sus dientes chocaban para no dejar escapar el chillido de dolor que igual salió y retumbó en las paredes.  Lloró fuerte, a gritos, que me asustaron.

Mi rabia por su olvido no me permitió sentir pena de él y me hizo dudar de lo tanto que lo quería.

De pronto lo invadió la furia y me alegré que fuera a la cobija y no a mí a quien abrazaba; la destrozó con sus manos, arremetió contra cada pedazo y no descansó hasta verla desecha.

No le bastó, me hice a un lado cuando se tiró sobre el sofá y desgarró con sus dedos los cojines, pateó la mesa, limpió las repisas contra el piso y tiró a las paredes sus trofeos, los que había ganado cuando jugaba futbol.  Nada le importaba más que su adorado perro.

Corrí cuando lo vi venir hacia mí, choqué contra la puerta de mi cuarto, quise abrirla para refugiarme, pero no pude.  Fue su golpe lo que la abrió y me llevó directo a la alfombra de la habitación.  Se paró muy cerca, totalmente irreconocible, había envejecido unos cuantos años; tomó el bate que reposaba junto al marco de la puerta y avanzó para terminar con todo.

Me apoyé en mis manos y me arrastré atrás con cada paso suyo.  Era lo último que podía esperar, que su dolor acabara con lo que quedaba de mí en esa habitación.

El ambiente enrareció, él se vio invadido por mis recuerdos.

Algo cayó de una repisa y su vidrio se rompió, era un retrato mío con mi madre.  Él retrocedió para recogerlo y encontró también entre los vidrios una tarjeta.

Se sentó en la cama y desechó la foto para concentrarse en el cartón.  Me levanté y me di cuenta de lo que era, la tarjeta de nacimiento de Sebastián.

Sonrió al leerla y volvió a llorar cuando miró el reverso, esta vez en silencio, para sus adentros.

Cuatro años atrás la declaración de mi muerte en el hospital tuvo menos impacto en él, que esa tarjeta; al menos una de esas lágrimas habría estado bien para ese momento o para mi funeral, una sola habría dicho cuando me iba a extrañar y hubiese justificado su ausencia en mi momento final; desde entonces solo le vi reír con ese perro, tan feliz y ocupado como cuando me tenia, se había olvidado de mi tumba, de mi cuarto y mis recuerdos.

El timbre sonó y llevó su mirada a la puerta.  Un tanto intrigado se secó las lágrimas con las manos y fue a abrir.

Me atreví a vigilar desde mi cuarto. Para su sorpresa, era la muchacha que antes le gustaba, la del cocker marrón.  Creí que él no merecía tanto placer, le había traído un esponjoso pedazo de torta recién horneada.

Ella se abrió paso entre el desastre hasta el sofá.  Se le notaba preocupada.  Hablaron y ella recibió de su mano la tarjeta de nacimiento del perro y leyó, lo abrazó de inmediato, profundamente conmovida.

Él lloró en su regazo, tranquilo, apacible, sin importarle nada se entregó a su consuelo.  Me confundió su inmediata comprensión y me les acerqué.

Nada tuvo sentido hasta que leí la inscripción detrás de la tarjeta con su firma.  Me avergoncé de lo que comprendí; todas sus lágrimas eran mías, millones acumuladas quizás desde la muerte de mi madre, reprimidas por la inmediata necesidad de venir a este país para salvar mi vida.  Habló de nosotros, de su lucha y de cómo quedó sólo con el perro.

Por Sebastián no estuvo para despedirse cuando me llegó el momento, corría por las calles de Houston con el cachorro en brazos, camino al hospital.

Sebas era el regalo de su afecto, su última esperanza, su esfuerzo final por recuperarme; con su muerte solo sentía que me perdía dos veces.  Sus últimas palabras para mí quedaron escritas en su tarjeta de nacimiento, también su fe: “Feliz cumpleaños hijo, Sebastián hará que te recuperes”. 

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